“El Premio Formentor representa un punto de encuentro en la convergencia a través de la literatura”. De esa manera describió Raúl Padilla al galardón, cuya entrega tuvo como escenario la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Basilio Baltasar, presidente del Premio Formentor, tomó la palabra para dar lectura al acta del jurado —integrado por Francisco Ferrer Lerín, Andrés Ibáñez, Alberto Manguel y Aline Schulman— en la que se asienta que, por unanimidad, se decidió otorgar el Premio a Mircea Cãrtãrescu “por su poderosa habilidad narrativa, su excepcional conocimiento de la literatura universal, por expandir los límites de la ficción, su cartografía de la memoria y los giros argumentales constantes que convergen al unísono constantemente a lo largo de su obra”.
Al hacer uso de la palabra y hablar sobre su búsqueda creativa y labor como escritor, Cãrtãrescu refirió que “sólo quiero desenmascarar la realidad”. Autor de una obra rica, que parece romper con cada novela un límite más a los que había establecido en la última, se ha alejado del mundo de la poesía, pero lleva en su interior un corazón de poeta del que no puede desentenderse.
Cãrtãrescu provee al lector una lectura fértil que lo compromete, agregó Basilio Baltasar, y una prosa que fluye incansablemente en un relato que nunca se da por vencido. Visto a sí mismo al final de sus días, se imagina en un delirio metafísico que será redimido en la escena del Juicio Final frente a los grandes narradores de la literatura. “Hay autores que son capaces de expandir el terreno de lo narrable”, afirmó Enrique Redel. Para él, Mircea Cãrtãrescu es merecedor del Premio Formentor de las Letras 2018 porque expande la mente del lector a lugares insospechados, por su relación íntima con la palabra, la literatura y los libros. “Leer es lo que lo hace persona. Toda su obra está empapada de poesía”. Lo describió como se definiría a cualquier poeta: como “un instrumento de la divinidad”. Un ser humano que escribe tal como respira, y que no concibe su vida sin la literatura.
De origen humilde, proveniente de una familia que no tenía dinero suficiente para comprar libros, Mircea Cãrtãrescu era un visitante asiduo de la biblioteca; su vida estaba constituida por innumerables historias, relatos y libros que se daba a la tarea de devorar en su habitación. Arrojado a la escritura creativa, sin agentes literarios, sin relaciones públicas ni medios propios para promocionar su trabajo, el Premio Formentor resultó ser una total sorpresa para él. “Le debo todo a la literatura. Ella se ha ocupado de mi educación moral y religiosa, a través de sus filtros he contemplado, a lo largo de toda la vida, el espectáculo del mundo”, afirmó el rumano en su discurso de aceptación “El lápiz de carpintero”.
Antecedido por sus maestros, quienes lo acompañan y están presentes en cada uno de sus textos, expresó que para él existe un ángel, el ángel de escayola de la poesía, presente para él a donde quiera que vea, y el cual flotará siempre sobre cada una de las personas.
 
*FIL Guadalajara