Libertad de Imprenta Nueva España

La imprenta fue introducida en España durante el gobierno de los Reyes Católicos. Doña Isabel fue una generosa protección de los impresores; les concedió exenciones de impuestos u otros privilegios con el fin de apoyar el desarrollo continuo del saber en sus reinos (si bien bajo su real vigilancia, pues en 1502 quedó establecida en España la censura y reglamentados los instrumentos y los procedimientos para su eficaz aplicación). La concesión papal del Regio Patronato robustecó extraordinariamente el poder de la monarquía española al permitirle controlar en los dominios de ésta la administración eclesiástica. Por otro lado, la censura política y la censura eclesiástica formaron una compacta unidad favorecida por la comunidad de intereses. Surgió así una formidable fuerza de control político y espiritual que hizo posible la supervivencia anacrónica de un sistema político social de fuerte raigambre medieval, vigente aún en los albores del siglo XIX.

La censura aplicada a la imprenta no sufrió cambios esenciales desde Pragmáticas de principios del siglo XVI hasta la Real Cédula del 3 de mayo de 1805, que estuvo vigente hasta 1810. Sólo hubo variaciones en los formalismos de su aplicación y en el grado de rigor para sancionar los delitos calificados en esta materia. Tales cambios dependieron de la personalidad del monarca o de las circunstancias exteriores que alteraban el orden establecido. Estas variaciones de carácter formal involucraban por lo regular cambios en las disposiciones fiscales que afectaban o beneficiaban a impresores y autores.

En 1808 España tuvo que enfrentarse al enemigo francés que invadió sus tierras y destronó a sus reyes. La resistencia al invasor y la subversión del orden por la ausencia del monarca legítimo, centro vital del viejo sistema, brindaron a los grupos progresistas españoles la oportunidad de ensayar el camino de la autodeterminación. Para ello, el paso obligado que la razón impuso fue el establecimiento de la libertad de imprenta. Los representantes del pueblo español, reunidos primero en León y después de Cádiz, coincidieron en que era necesario reconocer, a nombre de la Nación, el derecho a la opinión impresa como requisito para la constitución del nuevo Estado español. Se partía de que “la facultad individual de los ciudadanos de publicar sus pensamientos e ideas políticas, es no sólo un freno a la arbitrariedad de los que gobiernan, sino también un medio de ilustrar a la nación en general y un camino para llegar al conocimiento de la verdadera opinión pública”.

El decreto de la libertad de imprenta que las Cortes de Cádiz promulgaron el 10 de noviembre de 1810 tuvo importantes repercusiones en América.

En México, ante el estado de insurrección, las autoridades políticas y eclesiásticas convinieron en no darle vigencia. El virrey Venegas recurrió a todos los medios dilatorios para no dar aplicación a una ley que beneficiaba en todos los sentidos a la causa insurgente. La sola divulgación de los debates en torno a la libertad de imprenta confirmaría los ideales de la emancipación. Por otra parte, la aplicación del decreto proporcionaría armas a la insurrección, ya que la imprenta insurgente, hasta el momento ilegal, quedaría protegida por las leyes.

Debido a la acusación que la diputación americana presentó en las Cortes de Cádiz, por el incumplimiento de las autoridades coloniales en la observancia del decreto, el gobierno liberal de la Península exigió al virrey Venegas su inmediata aplicación. La medida se anunció en un bando del virrey del 5 de octubre de 1812. De esta manera, con una demora de dos años, se establecía en México el derecho a publicar libremente las ideas. Muy breve fue, sin embargo, el goce de esta garantía pues el 5 de diciembre de ese año el mismo virrey daba a conocer mediante otro bando su supresión.

Sin embargo, justo es destacar la gran importancia que tuvo el periodismo independiente durante el corto tiempo en que gozó de libertad. Actuó como una fuerza que dañó desde dentro las estructuras ideológicas del sistema colonial. Dos días después de que se decretó la libertad de imprenta, Bustamante, desde el Diario de México, saludó a sus compatriotas con estas palabras: “ahora sí que el soberano rompió las negras cadenas del despotismo y arbitrariedad, y dejó la América de ser juguete de los tiranuelos… pues la libertad de la prensa, base titular de la libertad política y civil, llegó a tomar asiento entre nosotros” (D.M. 2563).

Durante los dos meses en que se disfrutó de la libertad de imprenta, Bustamante convirtió al Diario de México en apologista del régimen constitucional. Publicó ahí la Constitución de los Estados Unidos de América, y el texto se difundió por toda la Nueva España (D.M. 2579, 2588-2594).

Las críticas al gobierno, dadas a conocer por el Sensor de Antequera desde su Juguetillos, fueron siempre virulentas. El Sexto Juguetillo y el número nueve de El Pensador Mexicano, dedicados al virrey Francisco Javier Venegas, en ocasión de su onomástico, fueron dos detonadores (diciembre 3); El Pensador (Joaquín Fernández de Lizardi) fue apresado y Bustamante tuvo que escapar.

El Pensador Mexicano fue el precursor y el representante más genuino del ejercicio de la libertad de imprenta condicionada por la ley. Pero ésta, a su vez, en no pocas ocasiones castigó a Fernández de Lizardi por transgredirla.

Los dos primeros números de aquel periódico estuvieron dedicados a la libertad de imprenta, tema que apasionó a su director y al que dedicó continuas reflexiones que dejó impresas en diferentes publicaciones, desde 1812 hasta los primeros años del México independiente. 
 
(N. del E.) El mes siguiente reproduciremos fielmente el Bando del virrey Venegas, que contiene el decreto de las Cortes estableciendo la libertad de imprenta. Así como el Bando del virrey Venegas en el que se suspende la libertad de imprenta en Nueva España.