De las extensas hectáreas de pastoreo que Gran Bretaña ha dedicado a la cría y engorde de excéntricos, el territorio editorial es uno de los privilegiados. En ese paraje existían dos figuras que han desaparecido: el editor de profesión y el editor propietario. Entre los primeros puede nombrarse a T.S. Eliot, Graham Greene, Anthony Powell, Diana Athill y Jenny Uglow, todos ellos escritores peculiares (sólo hace falta corromper una sílaba para pasar de escritor a editor). Entre los segundos se alistaban Grant Richards, Allen Lane, Martin Secker, André Deutsch, Peter Owen, Christopher MacLehose y Tom Maschler. No se dio fenómeno similar en ninguna otra literatura y John Calder formó parte de este elenco un tanto inestable.
En esa isla de vocación provinciana la reputación de Calder se debe al brío con que promovió autores extranjeros y experimentales y, sobre todo, a que fue durante décadas el editor inglés del irlandés Samuel Beckett. Calder llegó a él tras ver Esperando a Godot en París, en 1953, es decir un par de años después de que su colega Jérôme Lindon, director de Éditions de Minuit, empezara a imprimirlo en francés.
Junto a Lindon, y a Barney Rosset en Nueva York, Calder conformó el tridente que sostuvo la cuerda de ese equilibrista entre dos lenguas –dos vacíos– que fue Beckett. El que viajó a Estocolmo en 1969 a recibir el Nobel fue Lindon, y Calder confeccionó una lista de escritores a quienes el premiado acordó socorrer: B.S. Johnson y Djuna Barnes, entre otros. Lindon fue pionero en más de un sentido; parte medular de su catálogo (Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute y Claude Simon) fue luego trasplantado a las casas de Calder y Rosset.
Si un editor lidia con dos áreas susceptibles en un escritor –el orgullo y el reconocimiento– en esos planos Beckett le facilitó las cosas. Según Calder, estaba “liberado de la necesidad de triunfar”. Pero Beckett ostentaba una clase de arrogancia cada vez menos frecuente, cada día más necesaria: el celo técnico. Retenía una prueba de galeras más de la cuenta sólo para decidir a qué punto y coma perdonarle la vida. Y para la puesta en escena de sus piezas de teatro exigía una fidelidad milimétrica. Era el único derecho de autor que lo desvelaba. Sus instrucciones para una de las pocas grabaciones que autorizó se limitaban a tres líneas: “Ritmo monótono todo a lo largo. Dos segundos entre oraciones. Cuatro entre párrafos”.
Cuando visitaba Londres, Beckett paseaba el perro de Calder –lo alojaba en su casa– para que el aire fresco de Hyde Park le barriera la resaca. Se declaraba incapaz de entender un contrato y admitía que su método, cuando estaba redactado por alguien en quien confiaba, era firmarlo a ciegas. Y rogaba firmarlo antes de releer una vieja obra (antes de lo que llamaba “horrorizarse”). Acaso fuera de aquellos escritores que creen que una posible definición de editor es: aquel que le da la posibilidad al otro de pasar vergüenza. Afortunadamente para él, Calder no era ese editor que no comprende que cuanto más desprendido y tolerante es un escritor, más necesidad o deseo puede tener de un gesto valorativo o afectuoso de parte de su editor, y no menos.
Hojear el catálogo de un sello desaparecido –Calder fue vendido a un conglomerado– es semejante a pasar unos días en una casa prestada, con libros y cuadros –las cubiertas– ajenos. Calder no desconocía que una colección, un diseño y un logotipo reconocibles, una familia tipográfica, plantean variantes dignas de Pierre Menard: según dónde y cómo se edita una misma novela, se lee de manera distinta, en otra clave. Y que los colegas de catálogo pueden torcer, por mera contigüidad, el aura de un nombre. En los años 60 y 70 Calder publicó a Borges, a Copi, Gombrowicz, Burroughs, Miller y Artaud, pero también a Ivo Andric y a Nicolas Born.
Su edición de Última salida para Brooklyn de Hubert Selby causó un escándalo y un falló histórico decretó el fin de la censura en el Reino Unido. No le faltaba coraje, que según el pionero Grant Richards "en un editor es sinónimo de capital". Para compensar tanta osadía, Calder quiso ser amarrete a la hora de pagarles las regalías a sus autores. Pero este defecto un inglés irónico se lo atribuiría a sus orígenes escoceses.
* Con información de Matías Serra Bradford / clarín.com