Hoy recibimos un honor memorable, al nivel de los dioses. Somos los Aedas de la antigüedad que entonamos cantos e historias de héroes y monstruos.
Ser mediador de la lectura significa asumir la oralidad de los tiempos primeros; la voz que habla los relatos de los dioses, que nos hacen soñar con el destino.
Gracias a esta certificación estamos a la altura de los juglares y trovadores, mentando ficciones y versos, soltando sabiduría popular al oído. Andantes de pueblo en pueblo.
Mediador es recuperar las memorias de nuestra estirpe y fundación. Las referencias que nos hablan de los fenómenos celestes y de los mitos asociados a ello, como los solsticios y el paso cenital del sol.
Recibir esta distinción significa recobrar, por principio, las historias de nuestro linaje, la memoria de un destino ancestral que nos anda buscando en la sangre y en los sueños, que nos susurra al oído con relatos, leyenda y cuentos, que hay un intiempo, donde volver a contar con las palabras, nos hace eternos, por un instante.
Mi experiencia personal en este camino fue conocer de primera fuente, la historia de las mujeres y hombres de mi clan que dejaron legados y pendientes. Reconstruir mi memoria me llevó a leer y descubrir por los reinos los espejos de obsidiana; cantos antiguos, sones, cantares, refranes, leyendas de aparecidos y de mitos antiguos. Uno vuelve a la cosmogonía originaria, donde la memoria y la oralidad se funden en conocimiento. Cuando uno realiza este ejercicio dialoga con Pedro Páramo y Mauricio Babilonia, caminando el árbol genealógico de los vivos y los muertos.
La labor de nosotros es descubrir en la boca de la comunidad, la expresión que nos obliga a realizarnos, a decir: “mis palabras soy yo. Así pienso, quiero soñar y realizar esta historia, derrotar a los fantasmas que me aturden”. Cómo los derroto, pues les cuento historias. Somos puro cuento, cuenteros que andamos a la caza de imágenes y metáforas que nos colmen la boca y la conciencia, que nos hagan sobrellevar las penas.
Cómo puedo llevar a cabo esta lucha, con la escritura y la oralidad.
Este reconocimiento que hoy tenemos me lleva a la reflexión del trabajo de los libros como resistencia, como resiliencia. Me reconozco como elemento de cambio para transformar mi entorno.
Y tengo el privilegio de compartir las palabras andantes, como diría Eduardo Galeano, las palabras que nos hacen, nos nombran, nos reinventan. Por las que conocemos y reinventamos el amor, la libertad, emancipación y vuelo. Palabras que nos enseñan a reconciliarnos con la vida y a vislumbrar la muerte sin temor.
Soy mediadora para cantar poesía y endulzar el oído. Y para estrujar su corazón de miedo, cuando les lea cuentos terroríficos como el de María La Voz o el de La Jaula de la tía Enedina.
Soy mediadora para abrirle la panza al aburrimiento y llenar de dramas, catarsis y éxtasis las salas de lectura. Qué agradecimiento siento de pertenecer a esta primera generación de mediadores certificados.
Gracias, gracias porque hoy soy Homero y la sacerdotisa del Popol Vuh.
Gracias Gerardo Amancio, compañeros, maestros, amigos, gracias porque los llevaré en mis palabras y los haré viajar cuando hable de ustedes.
Rocío Berenice Mena Correa